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FRANCISCO DE GOYA Y LUCIENTES

FRANCISCO DE GOYA Y LUCIENTES
" Disparate conocido" " Dos a uno meten la paja en el culo"
Firmado: en plancha.
Grabado sobre papel Guarro.
Medida de la huella 24,5 x 35 Edición de 500 ejemplares numerados a mano Nº 259 y rubricados por el editor. Pertenece a la serie original de 18 láminas de los Proverbios de Goya, estampada en Madrid por la Calcografía de la Real Academia de 1864 y cuatro láminas originales, también de Goya, continuación de la misma serie, estampadas en París por François Liénard. Editada en 1976 por Editorial Offo SL División de Bibliografia, bajo la dirección de Alfredo López Alonso. Adjunta fotocopia justificativa de la tirada y edición.
34 x 45 cm



GOYA Y LUCIENTES, Francisco de, - Fuendetodos (Zaragoza) 1746 – Burdeos 1828 Inicia sus estudios, para aprender el oficio de pintor en el taller del rutinario José Luzán, donde estuvo cuatro años copiando estampas hasta que se decidió a establecerse por su cuenta y, según escribió más tarde él mismo, "pintar de mi invención". Las composiciones de sus pinturas se inspiraban, a través de los grabados que tenía a su alcance, en viejos maestros como Vouet, Maratta o Correggio, pero a su vuelta de Roma, escala obligada para el aprendizaje de todo artista, sufrirá una interesantísima evolución ya presente en el fresco del Pilar de Zaragoza titulado La gloria del nombre de Dios. Hacia 1776, Goya recibe un salario de 8.000 reales por su trabajo para la Real Fábrica de Tapices. A partir de esta fecha podemos seguir su biografía casi año por año. En abril de 1777 es víctima de una grave enfermedad que a punto está de acabar con su vida, pero se recupera felizmente y pronto recibe encargos del propio príncipe, el futuro Carlos IV. En 1778 se hacen públicos los aguafuertes realizados por el artista copiando cuadros de Velázquez, pintor al que ha estudiado minuciosamente en la Colección Real y de quien tomará algunos de sus asombrosos recursos y de sus memorables colores en obra futuras. Al año siguiente solicita sin éxito el puesto de primer pintor de cámara, cargo que finalmente es concedido a un artista diez años mayor que él, Mariano Salvador Maella. Por fin, el 25 de junio de 1786, Goya y Ramón Bayeu obtienen el título de pintores del rey con un interesante sueldo de 15.000 reales al mes. A sus cuarenta años, el que ahora es conocido en todo Madrid como Don Paco se ha convertido en un consumado retratista, y se han abierto para él todas las puertas de los palacios y algunas, más secretas, de las alcobas de sus ricas moradoras, como la duquesa Cayetana, la de Alba, por la que experimenta una fogosa devoción. Impenitente aficionado a los toros, se siente halagado cuando los más descollantes matadores, Pedro Romero, Pepe-Hillo y otros, le brindan sus faenas, y aún más feliz cuando el 25 de abril de 1789 se ve favorecido con el nombramiento de pintor de cámara de los nuevos reyes Carlos IV y doña María Luisa. Pero poco tiempo después, en el invierno de 1792, cae gravemente enfermo en Sevilla, sufre lo indecible durante aquel año y queda sordo de por vida. Goya habría pasado a formar parte de la Historia del Arte, y en un lugar destacado, simplemente con su obra gráfica, es decir, con sus grabados. En éstos, al igual que en las pinturas que realiza para sí mismo, por propia voluntad (que no son de encargo y donde no está limitada su creatividad), el pintor de Fuendetodos va a dar lo mejor de sí mismo, con el máximo de libertad, lo que le lleva una vez más a diferenciarse por completo del resto de los grabadores de su época, la mayoría de ellos simples artesanos que utilizaban esta técnica como posibilidad de reproducir una imagen (generalmente de encargo) determinado número de veces, obedeciendo en la mayoría de los casos a criterios y exigencias del mercado más que a postulados artísticos Goya fue un hombre de su tiempo, genuino representante de una sociedad, la española del siglo XVIII y principios del XIX, de grandes contrastes. Vivió plenamente el Siglo de las Luces y participó del espíritu de la Ilustración; pero, al mismo tiempo, fue testigo de las sombras de una España cautiva de la superstición y que se rebeló contra la libertad. El claroscuro de esa sociedad necesitaba tal vez de los rotundos contrastes, del blanco y el negro con que Goya resolvió en los grabados una visión ética y artística de su tiempo, lanzando el nítido mensaje intelectual que aún hoy perdura. Como ha señalado Pierre Gassier, los grabados de Goya reflejan todos los aspectos de aquel hombre excepcional: vigor, humor negro, sátira mordaz, sus sueños, sus obsesiones y su vitalidad. Son declaraciones públicas sobre los asuntos que más hondamente le afectan, y quedarán por siempre como uno de los aspectos más conmovedores y apasionantes de su legado.

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